El modelo Norteamericano

En las democracias representativas, el liberalismo es quizá el adalid más voluminoso de esta forma de gobierno. El liberalismo se plantea como una de las corrientes políticas más influyentes de la modernidad y de la política contemporánea. Tiene orígenes históricos muy importantes, la revolución gloriosa en Inglaterra en el siglo XVII, la revolución norteamericana en 1776, su constitución de 1787 y la revolución francesa en 1789. En El estado Liberal de Fernando Vallespín se hace una distinción entre tres núcleos fundamentales e inherentes al liberalismo: el político, el moral y el económico. El núcleo político gira en torno al principio de la separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, esta separación se da principalmente para lograr la neutralidad del estado para que este no dicte formas de pensamiento religioso, pues para el liberalismo cree en la pluralidad de religiones, que para que tampoco, principalmente, no decrete la forma en que deben de vivir los ciudadanos. Los ciudadanos se amparan en el derecho de protestar ante un gobierno, si este se vuelve una tiranía y trata de imponer formas de pensamiento y formas de llevar una vida, teniendo como arma principal al estado de derecho que es una “situación social en la que el derecho es efectivamente la máxima autoridad y poder del estado (…) el poder del estado es poder jurídico, impersonal y auto limitado”, es decir, la capacidad de penalizar a través de leyes a sus gobernantes. En el núcleo moral, se encuentra quizá el precepto más importante del liberalismo que es la declaración de los derechos humanos. Estos derechos son fundamentales para la vida del hombre, pues garantiza la convivencia con los demás ciudadanos ya que mis derechos y libertades terminan donde comienzan los del otro. La misión del estado con respecto a los derechos, no es la creación de estos, sino reconocerlos y garantizar el respeto de ellos. En la esfera económica hay una hegemonía de los que se denomina el individualismo, el interés propio por obtener posesiones y riquezas, y además del libre mercado. Adam Smith postulaba que el mercado era la coalición de intereses individuales para así obtener un bienestar general y común. La intervención del estado debe de ser mínima, pues predomina la existencia de la “mano invisible del mercado” para garantizar el equilibrio entre demanda y oferta. En estos tres principios se ha fundado el liberalismo, y en el liberalismo se ha visto reflejada la democracia representativa, y la democracia representativa es quizá el pilar político de la república democrática Estadounidense, la cual es la principal aspiración de la mayoría de naciones del mundo, la que tratan de copiar para poder tener desarrollo económico y social, es por eso que la democracia representativa y el liberalismo son fundamentos políticos que hemos heredado de las naciones más desarrolladas, y en nuestro caso los hemos asimilado del modelo de democracia Estadounidense, pero como veremos a veces o por lo general estos principios no salen del marco teórico y tampoco llegan a plasmarse en la realidad.

“En los Estados Unidos, como en todos los países donde manda el pueblo, la mayoría es la que gobierna en nombre del pueblo” Tocqueville no podía ser más preciso, aunque quizá esa no fue su intención, en las democracias representativas el ciudadano no es el que decide, casi siempre es solo un elector. La idea de democracia en donde el pueblo es el soberano, es un tanto idealista e irrisoria, pues como diría Dworkin caeríamos en una tiranía de las masas, donde solo predomina la voluntad, y solo son soberanas, las decisiones de las mayorías, así sea muy pequeña la diferencia entre las dos fuerzas que compiten en un proceso “democrático” , y como sabemos la democracia no es la forma de gobierno en donde se ignoran a las minorías, ya que en ese caso se están dejando de lado los derechos y las libertades de los demás ciudadanos preceptos fundamentales de las democracias representativas. Es por eso que se necesita de una cultura del debate y consensos amplios para poder hablar de una democracia bien consolidada y saludable.

Latinoamérica ha sido heredera de ese modelo de democracia, del de la tiranía de las masas, mezclado con el modelo norteamericano, que veremos se basa en la dicotomía entre republicanos y demócratas, dando una amalgamación que hasta ahora no consolida una democracia saludable y bien establecida para Sudamérica. Este modelo no fue impuesto sino asimilado, y asimilado por propia voluntad, por parte del norte de América, en especial, como hemos visto, de los Estados unidos de América. Estados Unidos es quizá el modelo en donde se defiende, a grandes rasgos, la democracia, a pesar de su marcado presidencialismo, los norteamericanos no conciben otra forma de gobierno que no sea el democrático representativo, pues asegura la participación de todos los ciudadanos, la defensa y reconocimiento de los derechos fundamentales, la seguridad ciudadana y la justicia, sin embargo las diferencias que este tipo de gobierno establece en la población norteamericana son muy marcadas, estamos hablando de las diferencias que se dan entre republicanos y demócratas, que prácticamente divide a la población norteamericana en dos bandos completamente polarizados y opuestos, que se verá reflejada, también, en las diferencias que se generan en nuestros gobiernos y partidos políticos, ya que la división entre los republicanos y demócratas no solo es una división entre dos partidos, esta división repercute mucho en los gobiernos que se establecen y las decisiones que estos toman dentro de Estados Unido, y ya que nuestros gobiernos se basan en este modelo esta bifurcación se verá muy seguido y serán muy marcadas también, en los países que estudiaremos.

Nuestra herencia norteamericana se basará principalmente en esta dicotomía, entre republicanos y demócratas o a lo que Ronald Dworkin llamará la división del país en dos bloques, en dos culturas: “El bando azul” (Demócratas) y “El bando rojo” (Republicanos). Aunque ambas “culturas” defienden la forma de gobierno democrática “Los colores muestran una profunda y cismática brecha en el conjunto de la nación: una división entre dos culturas totalizantes e incompatibles”. La cultura roja pide más presencia de la religión en la vida política en cambio la cultura azul es más laica; La cultura azul pide una redistribución de la riqueza más equitativa y apoya la medida de aumentar los impuestos a la gente con mayores ingresos, en cambio la cultura roja pide impuestos más bajos, pues piensan que estos aumentos de impuestos arruinan la economía, además creen en la competencia individual dentro del mercado; la cultura azul defiende el medio ambiente y toman al calentamiento global como una amenaza para la humanidad, en cambio la cultura roja considera innecesario proteger arboles sacrificando el desarrollo económico; la cultura roja sostiene que la intervención del gobierno es completamente necesaria en caso de subversión y terrorismo, desconfía de las organizaciones internacionales para resolver este tipo de conflictos, la cultura azul prefiere y fomenta el derecho internacional y apoyar a organizaciones internacionales para acabar con el terrorismo y las violaciones de los derechos humanos. Estas escisiones y diferencias entre estas dos “culturas” nos dan muestra de que la forma de gobierno democrática puede ser muy aceptada por la población norteamericana pero las discusiones y brechas que generan nos dan muestra de que esta forma de gobierno de alguna forma no es aplicada de la manera esencial y correcta, como la plantearía Dworkin y que es quizá la manera más saludable de plantearnos una democracia “La democracia puede gozar de buena salud careciendo de un debate político serio si existe un consenso amplio acerca de lo que hay que hacer. Puede ser una democracia saludable incluso sin existir consenso si posee una cultura de debate.. Pero no puede mantener la buena salud si padece de divisiones profundas y encarnizadas”. Estas divisiones arraigadas y enraizadas, no solo se ven en este modelo de democracia norteamericana, es evidente que la apreciaremos en las democracias sudamericanas, pues como ya vimos líneas arriba, Latinoamérica es heredera de este modelo “democrático”, esto se aprecia con mayor claridad en las pugnas que hay entre los partidos políticos que existen en los países que estudiaremos, estas diferencias también se reflejan en la forma y las posiciones que se toman entre la población y los gobiernos sobre las reformas económicas y sociales donde en realidad no existe un consenso o una cultura de debate, otro punto muy importante es cómo se polariza la opinión pública y tambien las medidas que asumen los gobiernos en el trato que le dan a los problemas de subversión, terrorismo y derechos humanos, todo esto producto de la herencia del modelo norteamericano. En este marco podemos apreciar, entonces, él porque se ha logrado muy poco con respecto a la participación del ciudadano y del control del poder, pues solo lograremos construir una democracia saludable cuando las clases políticas logren ponerse de acuerdo.

 
Luis Villavicencio Benites
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